Nueva andadura literaria


Pues aquí me hallo, estrenando esta web con una muy buena excusa: ayer empecé a escribir una nueva novela. La primera que empiezo desde 2018, fecha que me da vértigo citar. Han pasado tantas cosas entremedias —¡incluso hubo una pandemia, flipa!— que todo esto parece un viaje en sí mismo y la verdad es que me apetece contar mi tránsito creativo y todo lo que he aprendido.

Todo esto comenzó no en 2018 sino dos años antes, cuando me junté con unos amigos para hacer cortometrajes. Teníamos todo lo necesario: uno de ellos es realizador audiovisual con su propio equipo y otro era un actor recién salido de la Escuela de Arte Dramático; yo, por mi parte, presumía de ser escritor, de modo que recayó en mí la tarea de empezar a escribir un guion. Sobra decir que el proyecto no llegó a ningún lado, pero sí que escribí un guion. Aunque no sea justo dejar toda la responsabilidad en mis hombros, sí que creo que si la historia que hubiera escrito les hubiera entusiasmado, el cortometraje habría llegado a otra parte.

Aprendí entonces la primera gran lección: no soy capaz de escribir historias sencillas. Podría haber escrito un guion sobre un atraco, o sobre una infidelidad, o sobre el acoso escolar. Temas fáciles de entender, que todo el mundo conoce, que no cuestan «vender». Pero yo me tengo que complicar, tirar siempre por lo metafísico, lo filosófico, retorcer las hebras de lo verosímil para jugar con las expectativas y, en definitiva, crear algo. La segunda lección iba tan de la mano de la primera que casi las veo idénticas: no hace falta reinventar ninguna rueda, la creatividad a veces es contraproducente.

¿Adaptarme o ser fiel a mí mismo? Creo que esta pregunta ha lastrado mi creatividad todos estos años. Realmente no quiero escribir historias de atracos, infidelidades o acoso escolar, y si lo hago, quiero que el tema me sirva como vértebra de algo más. Este es un buen momento para matizar y dejar bien claro que todo esto son procesos personales y preguntas que me he ido haciendo a medida que perfilaba todo eso que quiero contar. Por supuesto no hay nada de malo en escribir historias sobre temas mundanos, de hecho, envidio mucho esa capacidad, ya que me queda clara mi incapacidad para hacerlo.

En 2019 me propuse adaptar ese guion a un relato que podría subir a la extinta Lektu —contexto para quien lo necesite: esa web fue muy popular por entonces gracias al formato de pago social, a quienes escribíamos se nos pagaba con visibilidad y podíamos compartir nuestras historias; fue bonito—, pero aunque era un buen propósito, sentía que esa historia tenía otro lugar. Ahora os cuento un poco lo que escribí: un muchacho está sentado en una cafetería cuando alguien se le presenta diciendo ser un mago y que puede cambiar su vida con unos dados mágicos que van alterando su realidad a cada tirada. Era una historia sencilla, pero no cumplía lo que se suele esperar de una historia: el personaje principal no sufría ningún conflicto, no evolucionaba, todo lo que el mago presentaba era más bien ambiguo. A mí me gustó y por eso la escribí, pero lo dicho.

Algo había ahí que quería escribir: esa persona normal, con su vida normal, conociendo a alguien fuera de lo normal que cambia su vida. Tampoco es una historia tan rara, ¿no? Seguro que podía funcionar. Al fin y al cabo es un tema similar al de Fausto y esta es una de las grandes obras de la literatura universal. En 2020 volví a retomarla sin quererlo, pero esta vez cambié muchas cosas con la intención de elevar la ambición. ¿Y si es una persona incapaz de ser feliz pero que siempre hace feliz a todo el mundo? Ahí introduje un nuevo concepto y nuevos personajes: un elenco de gente a la que le falta algo básico, como si estuvieran incompletos, y el personaje que originalmente era un mago los reúne con un propósito.

Bien, ya empezaba a tomar forma, eso podía darme mucho juego. Y sin embargo… no terminaba de empezar a escribirla. Anoté muchas ideas, reflexioné sobre qué quería contar, di muchas vueltas, cambios, volví a dejar todo como antes, volví a cambiarlo… Y creo que el siguiente paso en esta historia sin contar fue en 2024, cuando empecé a intuir que tenía que ponerme de una vez con ella. Diría que llevo desde entonces reflexionando sobre por qué no me había puesto con ella y por qué no había empezado a escribir otra tampoco: me pesaba demasiado el sentimiento de que debería simplificarlo, de que quizá debería adaptarme a lo que funciona mejor. Parecía como si «mantenerme fiel a mi creatividad» fuera un vulgar acto de hedonismo, era luchar contra una religión impuesta sobre cómo deben escribirse las historias y el sacrilegio que supone salirse de los márgenes.

Reflexionar en esa dirección me llevaba también a evaluar el criterio con el que valoro las obras que me gustan. ¿Qué dice de mí como autor si considero que las precuelas de Star Wars, consensuadamente vilipendiadas por su escritura, no solo son buenas, sino que son mejores que las originales? M. Night Shyamalan es un autor cuya obra también está muy en entredicho por lo mismo y sin embargo yo la aprecio mucho, incluso cuando patina y falla en mi opinión. Y la aprecio porque siempre se percibe su voz, su visión, ahí hay una persona que quiere contar algo y se divierte con las historias, con lo que quiere crear. ¿Soy ese tipo de autor, entonces? Igual que hay distintos tipos de inteligencias que a menudo chocan entre sí, ¿no podríamos convenir que hay distintos tipos de creatividad?

Ponerme en esa tesitura daba paz y miedo a la vez. Las reflexiones continuaban y la historia, aunque cogía forma, no llegaba a funcionar del todo. Es en este momento cuando busco historias e ideas con las que me sienta afín para buscar un apoyo, una referencia, un espejo en el que mirarme y confirmar si esa camisa que me empeño en llevar realmente me favorece o si sería mejor quitármela. Y justo este año, alguien a quien acabo de conocer y a quien le hablo de mis historias, me da una recomendación basada en lo que le transmito: Jorge de Cascante. Me dice que escribe fantasía, pero fantasía del estilo «una tortuga que trabaja en una oficina de Correos», y automáticamente sentí un fuerte «buah es que soy yo literal».

Saqué de la biblioteca el único ejemplar suyo que pude pillar, Una ciudad entera bañada en sangre humana, y leerlo ha sido satisfactorio y edificante: realmente he visto un reflejo mío, aunque no del todo preciso. Tal vez sea uno de esos casos en los que he visto exactamente lo que quería ver, en cuyo caso sigue siendo una lección útil para lo que necesitaba. Sí, me estaba complicando demasiado, había que bajar un poco las revoluciones y por eso no terminaba de arrancar.

Ayer empecé a escribir teniendo claras muchas cosas pero dejando en manos del azar otras tantas. Mi propia intuición sabrá llevarme hacia donde el subconsciente quiere llegar, desde luego ya he reflexionado y meditado demasiado al respecto. Por lo menos ahora sé que no quiero hacer una obra perfecta, pero esa es otra reflexión que deberá contarse en otra ocasión.


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